Día Mundial de Oración por la Mujer 2016

Se celebró el Viernes 4 de Marzo en el centro Lux Mundi de Torre del Mar  y en la Capilla Anglicana de St. Andrew en Los Boliches,  Fuengirola. La celebración del 2016 ha sido preparada por las mujeres cristianas de Cuba quienes han escogido el lema

“Al recibir a las niñas y los niños, me reciben a Mí”

¡Puede que eso sea lo que Jesús habría querido oír de los discípulos cuando los pequeños le eran traídos para que los bendijera! Por el contrario, los discípulos les hablaron bruscamente. Entonces Jesús desfió a los discípulos para que vieran el amor de Dios en los rostros de aquellos niños y niñas y los tuvieron en consideración. “déjenlos que vengan y aprenderán cómo recibir el Reino de Dios!” Al recibir a las niñas y los niños me reciben a Mí.

REFLEXIONES SOBRE EL EVANGELIO. MARCOS (10,13-16)               Toñi Garcia Molina

Llevaron unos niños a Jesús para que los tocara, pero los discípulos los regañaban. Jesús, al verlo, se indignó y les dijo: Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él. Y tomándolos en brazos, los bendecía, imponiéndoles las manos. Marcos (10,13-16)
Este pasaje es narrado por los evangelistas sinópticos y tratado de la misma manera en los tres Mateo (19, 13-15) Lucas (18, 15-17)

¿POR QUÉ MOSTRABA JESÚS ESPECIAL INTERÉS POR LOS NIÑOS?
Un día, los doce apóstoles estaban discutiendo para saber quién era el más grande (Marcos 9,33-37). Jesús, adivinó lo que estaban pensando, les dijo unas palabras desconcertantes que los conmovió y sacudió: «El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Además, acompaña sus palabras con el gesto de buscar a un niño. ¿Quizás un niño que encontró abandonado en una calle de Cafarnaún? Lo trae, lo «pone en medio» de esa reunión de los que serían los futuros responsables de la Iglesia y les dice: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, a mí me acoge». Jesús se identifica con el niño que acaba de tomar en brazos. Afirma que es «un niño como éste» el que mejor lo representa, de tal modo que acoger a un niño semejante es lo mismo que acogerle a Él.
Serán sus representantes en la tierra hasta el final de los tiempos. Lo que se les haga a ellos es a Cristo, a quien se le hará (Mateo 25,40). Los «más pequeños de sus hermanos», los que cuentan poco, los desheredados y a los que se les trata como cualquier cosa porque no tienen poder ni prestigio, son el camino, el paso obligado, para vivir en comunión con Dios.
Si Jesús colocó a un niño en medio de sus discípulos reunidos es también para que ellos y el resto de la humanidad aceptemos ser pequeños y sean nuestro modelo.

¿QUÉ QUIERE DECIR “COMO UN NIÑO”?
Jesús contrapone la actitud de los fariseos, que se acercan siempre a Él con intenciones retorcidas y gestos arrogantes, con la actitud de los niños, que, no tienen siquiera la posibilidad de acceder por sí mismos hasta Jesús y deben ser presentados por otros, discutiendo incluso con los discípulos. Los niños no tienen nada que esconder ni que ofrecer, por eso son el modelo a imitar por cuantos desean pertenecer al Reino de Dios.
¿Qué significa entonces «acoger el reino de Dios como un niño»? Un niño confía sin reflexionar. No puede vivir sin confiar en quienes le rodean. Su confianza no es una virtud, es una realidad vital. Para encontrar a Dios, de lo que mejor disponemos es de nuestro corazón de niño que es espontáneamente abierto, se atreve a pedir sencillamente, quiere ser amado.
Jesús ve en los niños una serie de valores, que los adultos hemos ido olvidando a lo largo de nuestra vida y nos han ido alejando de la unión con Dios por eso nos insiste reiteradamente:
– En que mantengamos la INOCENCIA de cuando éramos pequeños sin pensar si esto nos conviene o no, sin prejuzgar de antemano a nada ni a nadie, sin discriminar por tantos motivos.
– En que mantengamos la CONFIANZA puesta en Dios, al igual que un niño confía plenamente en los cuidados y protección de sus padres, sabiendo que nunca les fallarán, sintiéndonos tan pequeños y confiados en el Padre que no tengamos miedo porque Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, sintiendo el AMOR con el que hemos sido creados.
– En que mantengamos un corazón AGRADECIDO por todos los bienes que recibimos cada día, siendo cada vez más conscientes de todo ello.
– En que mantengamos la ALEGRÍA, a pesar de todos los contratiempos y dificultades con los que nos vamos encontrando en el camino, de poder disfrutar de la vida, del mundo, de la libertad y de todo lo bueno con lo que Dios nos ha regalado.
– En que mantengamos la ESPERANZA de poder un día encontrarnos con Él después de una vida de caídas, huídas, encuentros, en fin… de búsqueda.
– En que mantengamos la VITALIDAD de un niño para colaborar con Dios en la construcción de un mundo más humano y más justo.
– En que mantengamos la DISPONIBILIDAD para el servicio y ayuda al que nos necesita, viendo en los demás el rostro de Dios que nos mira, nos sonríe y nos pide ayuda.
– En que mantengamos la HUMILDAD que nos hace ver lo pequeño e insignificante que somos respecto a nuestro Creador pero también con la GRANDEZA de sentir dentro de nosotros la chispa divina que nos hace saber que somos hijo de Dios.

¿A QUÉ NOS REFERIMOS AL HABLAR DEL REINO DE DIOS?
El Reino de Dios se refiere a la situación de aquellas personas que han transformado su corazón, entendiendo éste como lo más profundo y sentido de cada ser humano y tienen a Dios como valor absoluto de sus vidas y relaciones con los demás. El Reino de Dios es la meta de toda la comunidad.
Recordamos lo que Jesús había dicho a esos mismos discípulos: «Se os ha comunicado el misterio del Reino de Dios» (Marcos 4,11). A causa del reino de Dios, los discípulos lo han dejado todo para seguir a Jesús. Buscan la presencia de Dios, quieren formar parte de su reino. Pero he aquí que Jesús les advierte que, al rechazar a los niños, están cerrando la única puerta para entrar en ese reino de Dios tan deseado.
«Acogemos el Reino de Dios al igual que acogemos a un niño». Acoger un niño, es acoger una promesa. Un niño crece y se desarrolla. Es así que el reino de Dios nunca será algo terminado en la tierra, sino una promesa que irá creciendo pero como algo inacabado. Y los niños son imprevisibles. En el relato del Evangelio, vienen cuando vienen, y con toda evidencia no es el buen momento según los discípulos. Pero Jesús insiste en que hay que acogerles porque están ahí. Asimismo hemos de acoger la presencia de Dios cuando se presente, en el buen o en el mal momento. Hay que seguir el juego. Acoger el reino de Dios como se acoge un niño es velar y orar para acogerle cuando venga, siempre de imprevisto, a tiempo o a destiempo.
El Reino de Dios es donde el hombre conseguirá su plenitud definitiva. Es un reino de amor y de vida sencilla en la inocencia del corazón. No es un reino físico o material, sino que es un reino en el cual entramos al ser bautizados y al permanecer en la fe de Cristo, pero que lo vivimos dentro de cada uno de nosotros. El Reino de Dios ya está en medio de nosotros, en los que creen se va realizando poco a poco, en su corazón y en su conciencia, sus costumbres se van adaptando cada vez más al nuevo amor de Dios y se van transformando las relaciones de odio, egoísmo, discriminación, explotación en relaciones más solidarias, justas y pacíficas.
Por tanto, no nos cansemos de dar gracias a nuestro Dios, pues Él sigue interviniendo y modelando la Historia de la Humanidad en nuestras pequeñas vidas. ¡Alumbremos con esperanza el dolor y la injusticia! Él está con nosotros y orienta nuestros pasos en la lucha diaria y en el compartir con los hermanos.

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