Decálogo

Ramón E. Delius, S.J. Resumo en diez puntos lo que es “ser ecuménico”

  1. Orar con regularidad por la unidad de la Iglesia, tal como Jesús la quiere y cómo la quiere.
    La oración es lo primordial. Como se ha dicho:  “El paso por la puerta de la unidad debe hacerse de rodillas”. La oración produce su efecto en nosotros. Cambia nuestros corazones; son ellos los que necesitan un reajuste universal. Esto es así aún cuando el problema ecuménico no sea tan agudo en nuestro entorno.
  2. Estar enraizado en una particular tradición cristiana.
    Así, conociéndola bien,  se podrá responder coherentemente al evangelio desde su tradición. Los ecumenistas de verdad no se encuentran al margen de la vida de sus iglesias, sino en su corazón. Laten con lo esencial de la vida cristiana, y son capaces de reconocerlo en otras iglesias aunque expresado de maneras distintas.
  3. Sentir el escándalo de nuestras divisiones.
    La unidad es para la misión. Nuestra misión primaria es anunciar la Buena Nueva. El mensaje que proclamamos con alegría es que estamos reconciliados con Dios y unos con los otros a través de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Pero nuestro actual estado de división lo tiñe de tristeza, priva a nuestro mensaje de toda credibilidad. Ser ecuménico significa sentir un desasosiego santo ante nuestro fracaso de vivir en consonancia con nuestro mensaje. No puede ser plenamente cristiano quien no sufre al ver dividido el Cuerpo de Cristo (l Cor 12, 12-26).
  4. Estar deseoso de aprender y mantenerse en estado de aprendizaje continuo.
    Cada tradición cristiana ha conservado mejor que otras uno o más aspectos del misterio de la obra de Dios en Cristo. La labor de unidad consiste en restaurar la plenitud de nuestro común aprecio de este misterio. Para esto es preciso fomentar una consciencia histórica. Estamos en peregrinación. La iglesia que tenemos no es todavía plenamente la iglesia que Dios en Cristo quiere. No debemos absolutizar una etapa de desarrollo que es sólo el próximo paso en el camino de algo mayor, el eficaz deseo de Jesús: “Que todos sean uno como tú y yo lo somos” (Juan 17, 21).
  5. Tomar parte en un discernimiento cuidadoso y honrado para la renovación de la Iglesia.
    El ecumenismo no es una especialidad dentro de la comunidad, sino una expresión vivencial de cada dimensión. La razón del diálogo es una ayuda mutua en la renovación eclesial para cumplir la misión universal de Cristo en su Iglesia una y única.
  6. Sentirse fascinado y curioso acerca de lo que es diferente.
    Por supuesto evitando cuanto nos dice Pablo en su carta primera a Timoteo {1Tim 4, 1; 2 Tim 3, 1).
    Sin embargo hay que correr un riesgo, el de rechazar perspectivas limitadas y parroquiales y abrirse a un horizonte amplio y plenamente católico. El ecumenismo es un espíritu y una forma de vivir que se atreve a pensar globalmente conviviendo en la verdad con variadas diferencias comunitarias. Para eso es necesario apreciar y valorar el complejo proceso de evolución eclesial desde la alienación a la reconciliación. Debemos luchar contra la tentación de vivir en un sistema cerrado y seguro que reduce nuestro nivel de iniciativa y satisface nuestros deseos de dominio. Como quien vive en tienda de peregrino, nuestros más o menos buenos esfuerzos de hoy deben considerarse como provisionales, válidos por supuesto, pero siempre provisionales. Es vital estar a la busca de mejores formas de avanzar comunitariamente.
  7. Ayuda a este proceso apreciar y tener en cuenta ‘la jerarquía de verdades’ en la doctrina cristiana (UR n 11). Una creencia posee mayor o menor consecuencia en la medida en que se relaciona con el fundamento de la fe cristiana. La gracia tiene mayor importancia que el pecado, el Espíritu Santo que María, el aspecto místico de la Iglesia sobre el jurídico y la Eucaristía más que la unción de enfermos. Insistir más profundamente en los puntos más cercanos al corazón de la fe nos capacita a estar más de acuerdo sobre la base firme y escriturística que compartimos.(Jn 5, 39).
  8. Intentar entender a otros como ellos se entienden a sí mismos.
    Evitar toda expresión, juicio o acción que falsifique una posición. La honradez ecuménica conlleva una visión objetiva e histórica, no investigar a otros a través del prisma de sus elementos más débiles. Al contrario, nuestros ideales y prácticas deben yuxtaponerse a los ideales y prácticas de los demás. De esta manera, podremos trabajar juntos (3Jn 8) Miedo del ‘otro’ es uno de los grandes males de nuestro tiempo. El principio de convivencia para todas las iglesias debe ser ‘hacer juntos cuanto permita la conciencia’ (Lund ‑1952).
  9. Estar dispuestos a asimilar la vitalidad del Cuerpo de Cristo donde quiera que se encuentre. (Rom 12, 5).
    Lo que incrementa el Reino de Dios en cualquier iglesia ayuda a todas las demás. El único triunfo para un cristiano es el de Jesús y el de su cruz.  Esto significa estar abierto a la voluntad de Dios para la iglesia. Nuestra unidad en Cristo es un don de Dios y la forma de expresar más visiblemente ese don lo es también. Tendremos todos, pues, que vaciarnos de nuestra autocomplacencia y dejarnos de nuestros juegos de prepotencia para dar paso a que opere Dios. Nuestra contribución consiste en estar dispuestos a descubrir y renunciar a cuanto impida llenarnos de Dios y encontrarnos en Cristo. Implica también estar alerta a la acción del Espíritu Santo en las vidas de otros cristianos y miembros de otras creencias vivas. La Iglesia es signo y sacramento de la presencia de Dios en el mundo, pero la actividad de Dios no se limita en modo alguno a la Iglesia y a sus miembros.
  10. Finalmente, en el movimiento ecuménico es esencial mantener una paciencia bíblica y sobre todo AMOR.
    La paciencia bíblica exige una espera creativa y humilde. Debemos hacer lo que podemos y no estar continuamente lamentando lo que las diversas disciplinas eclesiales no permiten. Significa cultivar la disposición de aceptar o absorber todo lo negativo; así la persona que lo causa podrá superarlo. Cristo padeció por la unidad y la fidelidad a su misión; nosotros también por su causa. La paciencia bíblica implica constancia, búsqueda de curación, cooperación, olvido, perdón y sobre todo, AMOR.
    “Vamos convergiendo. Esta convergencia debiera conllevar una relación nueva entre las iglesias que fuera la próxima etapa en la peregrinación hacia la unidad cristiana. Existen esperanzas fundadas de que se tomen iniciativas significativas para profundizar nuestra reconciliación y conducirnos hacia adelante en la búsqueda de la plena comunión, a la que, en obediencia a Dios, nos hemos dedicado desde el comienzo de nuestro diálogo” (ARCIC I, párr. final).